Apego Madre-Hijo: significado en el desarrollo del ser humano

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No existe en la raza humana vínculo más poderoso que el que se establece entre una madre y su hijo. Supera al resto de los vínculos intrafamiliares, incluyendo al vínculo de pareja.

Ello explica la supervivencia del ser humano, desde el período de las cavernas hasta nuestros días, habiendo sufrido catástrofes naturales y períodos glaciales, considerando la gran vulnerabilidad del ser humano en el período de recién nacido, lactante o niño pequeño.

Posiblemente se debe a un condicionamiento genético que determina conductas protectoras maternas hacia su recién nacido, que se ha transmitido desde la prehistoria hasta nuestros días y que podría estar almacenado en una forma de memoria mitocondrial.

Pero esta conducta no es privativa del ser humano: puede ser observada en todos los mamíferos, en las aves y algunos reptiles que, de alguna manera, cuidan y entrenan a sus recién nacidos hasta que pueden valerse en forma independiente.

Aunque esta maravilla de la naturaleza está en la sabiduría popular y en el arte desde la antigüedad y el renacimiento, respectivamente, el mundo científico sólo lo ha validado a partir de las últimas siete décadas.

Los primeros investigadores observaron interesantes conductas que se repetían en los mamíferos.

En la década de los treinta un grupo de psicólogos realizó interesantes observaciones en ovejas. Advirtieron que cuando se separaba un cordero recién nacido de su madre inmediatamente después del alumbramiento y se le devolvía a su madre oveja seis horas más tarde, ésta no lo reconocía como hijo, no lo amamantaba y hasta lo ignoraba. Pero, cuando no se separaba a la oveja de su hijo cordero y no se interfería en sus rituales y conductas durante las primeras seis horas de vida, si luego eran separados, había un cambio radical en las conductas. La oveja era capaz de reconocer a su hijo y amamantarlo y el cordero a su madre, aunque la separación hubiera durado tres días. Algo muy importante ocurría en las primeras horas de vida que determinaba toda la conducta maternal. Algo que fue nominado como “IMPRINTING”, impregnación o “APEGO” y esas primeras horas de vida correspondían al “PERIODO SENSITIVO”.

Explorando a otros mamíferos: conejos, bovinos, caballos, primates, felinos, perros etc., se constató que en todas estas especies existía un período sensitivo donde ocurría el apego.

Además, todas las especies tenían un ritual de parto y período sensitivo semejantes, donde la hembra parturienta se aislaba del grupo para desarrollar su parto en intimidad, manteniendo esta actitud durante varias horas o días antes de reincorporarse al grupo con su/s recién nacido/s. Entonces, existe una conducta específica de cada especie en torno al ritual del parto y el período sensitivo, hasta completar la tarea del apego. Basta observar la agresividad de la hembra, justo después del parto, con los pares que pretenden acercarse e interrumpir su período sensitivo, que comienza después del alumbramiento, con el corte del cordón umbilical, el aseo del/los recién nacido/s, su reconocimiento y posterior amamantamiento.1,2

Posteriormente, otros investigadores, buscaron la “HORMONA DEL AMOR O APEGO” infructuosamente, pues se había observado que se podía modificar la conducta maternal en ratas, con inyecciones de progesterona. Si a una rata nuligesta y nulípara [que no haya gestado ni parido] se la dejaba en una jaula con ratitas recién nacidas, esta rata las mataba y devoraba. Pero si previamente se le inyectaba suero de una rata puérpera o progesterona, adquiría conductas maternales e incluso intentaba amamantarlas. Desgraciadamente, esta experiencia no pudo ser reproducida en mamíferos superiores, como primates, lo que desmoronó la teoría de la “HORMONA DEL APEGO”, pero abrió las puertas a pensar que existían condiciones maternas y del recién nacido que, a través de una interacción, generaban la conducta de apego.

Después aparece una serie de experiencias de “ADOPCIÓN” para reconocer los factores maternos y del recién nacido que influyen en el apego. Las madres mamíferas pueden transformarse en madres adoptivas si se les agrega muy precozmente, inmediatamente después del parto, un recién nacido ajeno a su propia camada, sin que lo advierta. El olfato parece jugar un papel fundamental.

Otras experiencias interesantes corresponden a madres adoptivas “ARTIFICIALES”, donde la conducta del recién nacido para aceptar a su “madre adoptiva artificial” varía según el nivel de desarrollo de la especie. Los pollitos, por ejemplo, reconocen como madre al primer objeto en movimiento que visualizan al salir del cascarón. Si el huevo es incubado por una pata, al salir del cascarón la identifican como su madre y viceversa. Pero si lo primero que ven es un muñeco de trapo, reconocerán a éste como madre y la seguirán. A medida que se asciende en la escala evolutiva, la conducta es más compleja y sofisticada. Un chimpancé recién nacido sólo acepta como madre adoptiva a un muñeco con las principales características de chimpancé, es decir con rasgos, pelaje y olor a chimpancé, además de temperatura corporal tibia.2,3

En general, el apego es un vínculo poderoso, que determina conductas destinadas a cuidar al recién nacido hasta que éste pueda valerse por sí mismo, desde las aves hasta los primates.

En la década de los setenta surgen las preguntas: ¿Existe el apego en la raza humana? ¿Cómo se genera? ¿Existe un período sensitivo?

Las primeras observaciones en maternidades norteamericanas y europeas, no arrojaron conclusiones útiles y ello se debió a que la medicina occidental había alterado y opacado el proceso natural del parto, en aras de la asepsia y antisepsia.

El embarazo era considerado como una patología y la mujer parturienta ingresaba a un sistema demasiado artificial y ajeno a lo natural, alejada de su medio ambiente y subdividido en etapas (preparto, parto y puerperio), con especialistas diferentes, donde su recién nacido era inmediatamente retirado después del parto, para vigilar su termorregulación y realizar profilaxis ocular de gonococia, de hemorragias con vitamina K inyectable y primeras vacunas, y era devuelto a su madre, horas después, vestido (cual momia) sólo con su carita descubierta, para iniciar el proceso de lactancia. En estas condiciones, era imposible reconocer las conductas naturales de la madre y su recién nacido en el “posible período sensitivo”.

No obstante, los sociólogos habían observado el ritual del parto y puerperio en diversas culturas indígenas, unas muy primitivas (casi paleolíticas) en Australia, otras más modernas en Sudáfrica y Amazonas del Brasil, y algunas muy desarrolladas, en reductos indígenas de Norteamérica. Todas estas observaciones tenían algo en común: mostraban un ritual de parto semejante, donde la mujer se aislaba con su recién nacido las primeras horas del posparto sola o acompañada de una mujer importante de su familia o su tribu, y después de la primera lactancia, el recién nacido era conocido y reconocido por los miembros de la tribu.

Entonces, existía una conducta específica de la especie humana para proteger el “período sensitivo” e iniciar el apego.3

En el año 1974, el Dr. M. Klaus y sus colaboradores diseñaron un trabajo de investigación muy interesante conocido como la “EXPERIENCIA DE GUATEMALA”. En dos pequeñas maternidades de la ciudad de Guatemala compararon dos grupos de madres, primigestas y primíparas [en su primer embarazo y parto], con embarazo normal y parto normal. Al primer grupo de madres se le sometió a la rutina habitual de la maternidad y al segundo grupo se le permitió permanecer, los 45 minutos posteriores al parto, en intimidad con su recién nacido desnudo, en contacto piel con piel, sin interferencia de ningún tipo. Luego, el recién nacido era retirado e incorporado a las rutinas habituales de la maternidad.

Ambos grupos eran perfectamente comparables, salvo la única diferencia del segundo grupo, que consistía en la protección de la intimidad madre-hijo en los primeros 45 minutos.

El seguimiento longitudinal de ambos grupos arrojó notables diferencias: las madres del segundo grupo se comunicaban más (también verbalmente) con sus hijos, los mantenían más tiempo en brazos, conservaban por mayor tiempo la lactancia natural y tenían una relación más armoniosa con sus hijos.

Por otra parte, los hijos del segundo grupo también exhibían notables diferencias con los del primero: A los 6 meses de edad pesaban, en promedio, medio kilo más que los del primer grupo, enfermaban menos, al año tenían un mejor desarrollo psicomotor, especialmente en el área de la comunicación y el lenguaje y, años más tarde, tendrían un mayor coeficiente intelectual.

La publicación de esta experiencia fue un detonante en Estados Unidos, que incluso determinó demandas judiciales a obstetras que habían separado precozmente a la madre de su hijo, interfiriendo el apego y limitando el desarrollo posterior.3,4

Entonces, surgen las preguntas: ¿cuán importante es el apego? y ¿qué importancia tiene el “PERIODO SENSITIVO” para generarlo?

Existen en la práctica clínica de la pediatría cuadros que aún no tienen una explicación satisfactoria:

El niño “VULNERABLE” y niños que enferman constantemente, especialmente de infecciones, sin presentar alguna deficiencia inmunológica demostrable.

El niño “QUE NO PROGRESA ADECUADAMENTE EN PESO Y TALLA”, sin que se demuestre alguna afección endocrinológica, genética o del funcionamiento de su eje hipotálamo – hipofisiario, que explique el problema.

El niño “VÍCTIMA DE MALTRATO” sin una causa aparente que explique esta conducta materna, en madres sin una enfermedad psiquiátrica.5

Estos tres grupos de niño tienen algo en común y de manera estadísticamente significativa: experimentaron una dificultad en el apego y una difícil relación madre-hijo posterior. Muchos de ellos han sido prematuros, abandonados o ingresados en instituciones y luego recuperados por sus madres.

Resulta interesante rescatar de los años 70 un estudio psicológico de la historia biográfica de los presidiarios de la cárcel de Alcatraz, en Estados Unidos, hoy museo público: un porcentaje importante de ellos tenían el antecedente de haber sido prematuros, abandonados o ingresados en instituciones y nunca o escasamente visitados por sus madres.

Aparece una nueva pregunta: ¿el apego sólo se genera en el “período sensitivo” o existen otras instancias?

Afortunadamente, para nuestra raza, existen otras instancias importantes. De hecho, las madres que adoptan pueden generar un intenso apego con su hijo adoptivo e incluso generar lactancia materna, aunque sean nulíparas y nuligestas, con el sólo estímulo de la succión del pezón por parte del recién nacido adoptado.

Las condiciones de una mujer para generar un buen apego se van produciendo desde su infancia. Influyen positivamente los juegos con muñecas, la visualización de un embarazo de su madre, hermana mayor o parientes, con características normales. Luego, cuando llega a la edad adulta, son importantes la planificación, confirmación y aceptación del embarazo. Mucho influye la visualización por ecografía de su bebé, los primeros movimientos fetales, la experiencia del parto, ver y tocar a su recién nacido en el período sensitivo, que es la culminación del apego. Más tarde, los cuidados y la permanente interacción con el recién nacido y lactante van fortaleciendo el apego.6

Nuevamente surge una interrogante: ¿Qué condiciones se requieren para generar un apego?

Básicamente, la capacidad de comunicación, y para ello debe existir alguna forma de lenguaje, lo que implica, al menos, visión y audición.

Ya en la década de los 60 se había confirmado la capacidad visual y auditiva de los recién nacidos, derribando los dogmas que atribuían al neonato una pobre visión, borrosa los primeros días, en blanco y negro posteriormente, para finalmente alcanzar la visión tridimensional en color 7 . Hoy se sabe que el recién nacido es miope, por la conformación de su globo ocular, con una distancia focal de 30 a 40 cms., pero con una visión tridimensional y en colores desde los primeros minutos de vida. Las madres, neófitas en la materia, pero como conducta específica de especie, miran a sus recién nacidos a esa misma distancia focal. Inclusive, cuando cualquier adulto se aproxima a un recién nacido se coloca espontáneamente a esa misma distancia focal.

La visión del recién nacido, al segundo día de vida, es tan compleja que, asociada a sus funciones cognitivas superiores, le permite reconocer a su madre de entre otras mujeres.

Aún más, es capaz de reconocer a su madre desde una fotografía combinada con fotos adicionales de dos mujeres distintas.

El recién nacido escucha bien, especialmente los sonidos de tonalidad alta. Las madres, nuevamente ignorantes de esa materia, cuando hablan a sus recién nacidos lo hacen con un tono de voz suave y alto. También cualquier adulto que le habla a un recién nacido modifica su tono de voz y eleva la tonalidad, como conducta específica de especie.

El recién nacido, a los tres días de vida es capaz de imitar gestos complejos. Si su padre o madre atraen su atención y le muestran la lengua, el recién nacido le imita y muestra su lengüita. Lo mismo ocurre con otros gestos. Ello demuestra el nivel de integración de varias áreas corticales con el lóbulo occipital, como centro de la visión y la posibilidad de generar un lenguaje mímico-gestual, no verbal, que le permite comunicación y a la vez demuestra que el recién nacido tiene funciones cognitivas superiores.

Así pues, el neonato ve bien, escucha, se comunica y está preparado para el apego.6

Los estados de conciencia normales del recién nacido van desde el sueño profundo regular, pasando por estados de vigilia y llegando al llanto. Los estados de vigilia son muy breves y duran algunos minutos; la mayor parte del tiempo está durmiendo. Pero, a los pocos minutos de vida, después del parto, el recién nacido entra en un intenso estado de vigilia (“ALERTA QUIETO”) que dura casi una hora y es el único de esa magnitud, durante el primer mes de vida. Está genéticamente preparado para ingresar en alerta al período sensitivo, conocer a su madre e iniciar el proceso de apego.

Son esta alerta y período sensitivo los que las prácticas médicas occidentales han destruido, usando profilaxis ocular precoz y anulando la visión del neonato, usando sedantes en las madres en el posparto inmediato, disminuyendo sus capacidades y, finalmente, separando al recién nacido de su madre, justo durante el período sensitivo.

Surge, ahora, la pregunta principal: ¿Cómo se produce el apego?. El apego se produce por una interacción recíproca madre-hijo que se basa en la “REGLA DE ORO DE LA PSICOLOGÍA”. Dicha regla señala que “las conductas que se refuerzan, persisten o se incrementan y las conductas que se ignoran, se van extinguiendo”.

En este contexto y de la siguiente manera, se va generando el apego, algo que muchos han mirado pero nunca visto y que sólo se logró dilucidar al analizar por ordenador la filmación de madres en su interactuar espontáneo e íntimo con su recién nacido.

Al dejar a la madre con su torso desnudo junto a su recién nacido desnudo, se observó que primero la madre lo miraba por varios minutos, acomodando la distancia focal hasta llegar a un encuentro “ojo a ojo”. Posteriormente y en forma tímida le hacía un reconocimiento corporal, comenzando por los dedos de los pies, luego manos, luego dorso y finalmente cabeza, acariciándole y hablándole con una voz suave, de tonalidad alta y a un cierto ritmo, con inflexiones periódicas del tono de voz. Estas inflexiones eran seguidas por movimientos mínimos, mímico- gestuales del recién nacido (elevación de cejas, apertura bucal, movimientos de ojos, y de manos).

Este sincronismo hace sentir a la madre que su hijo la está atendiendo a ella, está concentrado en ella y la está comprendiendo. Ello refuerza a la madre y la estimula a seguir hablando y acariciando, lo que va reforzando las respuestas mímico-gestuales del hijo.8,9

Esto es lo mismo que ocurre en la conversación entre dos personas. Cuando el interlocutor va asintiendo con la mirada y gestos, va reforzando la conducta del que habla, pues demuestra interés y sincronía. Pero, cuando el interlocutor no asiente y se muestra ausente o aburrido, el que habla va perdiendo interés en continuar la comunicación. De este modo funciona la regla de oro de la psicología.

La madre continúa en este sincronismo progresivo con su recién nacido, hasta que éste llora, lo que erige los pezones maternos y estimula la prolactina a través de una vía pezón-hipotálamo y asoma la primera gota de calostro. Al mismo tiempo, se estimula la producción de Oxitocina materna, que contrae su útero previniendo hemorragias.

De repente, de forma espontánea se lo acerca al pezón y el recién nacido recibe una joya: una gota de calostro que contiene linfocitos T y B y macrófagos (memoria inmunológica). La madre lo infecta con su propia flora bacteriana y viral, pero al mismo tiempo le entrega la clave inmunológica para fabricar los anticuerpos para dichas bacterias y virus.

De entonces en adelante, esas conductas se van repitiendo y el apego se va fortaleciendo con el correr de los días, hasta constituir el vínculo más poderoso que existe en la raza humana.

Pero, ¿qué ocurre con el padre?

Algo similar. A medida que el padre va interactuando con su hijo, va generando un apego. Todos los familiares y amigos que se van relacionando con ese niño, van desarrollando un cierto grado de apego 10 . Esto tiene una importante implicación sociológica.

En comunidades pequeñas, la mayoría genera un grado de apego con ese recién nacido, lo que los transforma en “compadres” y seres solidarios. Muy distinto ocurre en las grandes ciudades donde, por razones numéricas, no se puede generar suficientes apegos cruzados como para que exista solidaridad y se evite la delincuencia, porque es muy excepcional un acto delictivo en contra de un ser o familiar del ser por el cual se siente apego.

Para finalizar, el apego es muy importante en el desarrollo del ser humano y es obligación de los médicos estimularlo y protegerlo.

El apego se relaciona con un mayor período de lactancia, menos enfermedades, mejor desarrollo psicomotor, mayor inteligencia y autoestima, más estabilidad en la pareja, menos maltrato infantil y, por último, la posibilidad de desarrollar una vida más plena y feliz.6

Dejo estas preguntas para quien desee dar un paso mas allá de estas líneas e iniciar una profundización bibliográfica o una nueva línea de investigación:

¿Cómo es el apego con mellizos o trillizos?

¿Qué problemas tienen las madres ciegas, sordas o mudas para realizar el apego?

¿Cómo es el apego con un recién nacido ciego o sordo?

¿Cómo cuidar el apego con un recién nacido enfermo en la Unidad de Cuidados Intensivos?

¿Qué ocurre si el recién nacido presente malformaciones?

¿Cómo podemos involucrar más al padre?

¿Qué sucede cuando el recién nacido fallece?

¿Qué rol juega la ecografía en el apego?

 

* El Dr. Fernando Pinto Laso es neuropsiquiatra infantil en el Hospital Clínico San Borja Arriarán de Chile, Presidente de la Sociedad Chilena de Pediatría y Director del Departamento de Pediatría Infantil de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

 

 

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Bibliografía

1 ALTMANN M: IN RHEINGOLD, H.R. editor: Maternal behaviour in mammals, New York 1963, John Wiley and Sons, Inc.

2 CROOK J.H. editor: Social behaviour in birds and mammals. New York, 1970, Academic Press Inv.

3 KLAUS M.H., KENNET J.H.: Maternal infant bonding. The C.V. Mosby company, Saint Louis 1976

4 KLAUS M.H., JERAULD T. et al: Maternal attachment: importance of the first post-partum days. New England Journal of Medicine 286: 460-463, 1972

5 KLEIN M., STERN L: Low birth weight and the battered child syndrome. Am. J. Dis. Child. 122:15-18, 1971

6 KLAUS M.H., KENNET J.H., PHYLLIS H KLAUS: Bonding: Building the foundations of secure attachment and independence. A Merlot Lawrence Book, Addison-Wesley Publishing Company, Inc. 1995

7 R.L Gregory: Ojo y Cerebro: Psicología de la visión. Biblioteca para el hombre actual. Mc-Graw-Hill Book Company N. York 1964 (traducido al español en ediciones Guadarrama Gil Madrid 1965)

8 W.S. LONDON, L.W. SANDER “Neonate Movement is Synchronized with Adult Speech”. Science 183; 99-101, 1974

9 A.N. MELTZOFF, M.K. MOORE: “Initiation of Facial and Manual Gestures by Human Neonates”. Science 198: 75-78, 1977

10 L.A. STROUFE, N.E.FOX: “Attachment and dependency in the Developmental Perspective”. Child Development 54: 1615-1627, 1983