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Padre, enseña a los hijos tu fidelidad Parte II

II. LA FAMILIA: FUNDAMENTO DEL AMOR HUMANO Y DE LA SOCIEDAD 

Aquellos de nosotros que se criaron hace cuarenta o cincuenta años atrás han tenido una experiencia de familia un poco distinta que la mayoría de las personas de hoy. En mi experiencia personal, miro hacia atrás con gratitud mi vida en una modesta granja y como parte de una comunidad rural con tres hermanos y tres hermanas. Ayudábamos a nuestro padre con su pequeño negocio y a nuestra madre con los quehaceres de la casa. Nos pasábamos mucho tiempo con nuestros abuelos, tías, tíos y primos, que vivían cerca. La Iglesia y la oración formaban parte de nuestra rutina habitual. Estábamos lejos de ser perfectos – pero de alguna forma la riqueza de estas relaciones eran a la vez un soporte y un desafío. Lo siguen siendo incluso hoy.

Pero la nostalgia no nos llevará a donde necesitamos ir. Debemos encontrar la valentía para defender esta «primera y vital célula de sociedad»2Quizá en ninguna otra época de nuestra historia hemos enfrentado tal amenaza a la sociedad como es el actual colapso de la familia3. Otros tiempos y otras culturas han tenido sus dificultades, pero tal incertidumbre sistemática sobre el papel de la familia, y hasta tal falta de voluntad en preservarla, no tiene precedente.

La familia es más fructífera cuando se pone al servicio de la vida, y la clave para entender la importancia de la familia está en reconocer la dignidad de la vida humana. La crisis actual de la vida familiar ha sido demasiadas veces abordada con investigaciones que no saben de maneras de ayudar a la familia a efectivamente ser lo que es. En cambio, hemos sido inundados con intentos de “resolver” el problema de la familia redefiniéndola. Esto sólo confunde más nuestra comprensión de la dignidad de la familia, su propósito y su significado. La familia viene de Dios, y su poder y consuelo sólo pueden realizarse siendo fieles al Plan del Creador. No podemos congratularnos por haber enfrentado los problemas que existen hoy en las familias hasta que no hayamos proclamado el Plan de Dios para la familia y nos hayamos alentado mutuamente a vivirlo. Como nos ha exhortado el Papa Juan Pablo II: «…familia, ¡”sé” lo que “eres”!»4

A través de la última generación hemos visto el curso de la revolución sexual, que al principio parecía prometer una época de intimidad sin complicaciones. Ambos sexos han estado muy involucrados en esta revolución. Pero, en particular ha exacerbado la debilidad sexual masculina. Como sabemos ahora, a partir de la dura experiencia, la revolución sexual trajo con ella un enorme daño no sólo para la vida familiar sino también para la dignidad de la vida humana. El crecimiento de la permisividad sexual fue posible, en parte, debido a la gran amplitud de la aceptación del punto de vista mundano anticonceptivo, que más que nunca, vigorizaba la cultura de la utilidad; el uso de mujeres y hombres como objetos de placer sexual o el uso de niños como objetos de realización personal que se disfrutan o se evitan.

La sociedad anticonceptiva no proporciona, ni a hombres ni a mujeres, el incentivo para personalmente hacerse responsables o para madurar en el compromiso de entregar la vida que supone un matrimonio fiel. Más bien, alienta una adolescencia crónica que se resiste al compromiso, en la que el mayor don de Dios para las familias -los niños- son vistos apenas como objetos al servicio de la conveniencia de los padres5. Más aún, rechaza el amor genuino y respetuoso necesario para acoger a un hijo con defectos genéticos u otros problemas.

Cualesquiera que sean los motivos para practicar la anticoncepción, su uso claramente ha dañado la permanencia del matrimonio. Estudios recientes corroboran la visión cristiana sobre la sexualidad en que la Iglesia siempre ha creído. Algunos estudios sugieren que debido al aumento del uso del anticonceptivo se ha doblado la proporción de divorcios de 1965 a 1975. Otras investigaciones sugieren que la presencia de más de un hijo puede ser crucial para la supervivencia del matrimonio. Y seguramente existe una relación entre el rechazo de los hijos, que está al centro del uso de anticonceptivos, con la creciente aceptación del aborto.

Cuando la necesidad de hijos ya no es una prioridad para ambos padres, la permanencia matrimonial se ve también minada. Los hijos experimentan una profunda inseguridad personal. Sin embargo, la fidelidad de los padres a sus votos, incluso en medio de dificultades, a menudo es denigrada por la cultura contemporánea, y la separación de los padres, después de experimentar dificultades matrimoniales ordinarias, es -extrañamente- a veces defendida como lo qué es realmente mejor por los hijos. El Santo Padre ha hablado entristecido sobre estos niños como «huérfanos de padres vivos.»6

Nociones superficiales sobre el Amor 

Nuestra cultura enfatiza la importancia del romance o del amor erótico hasta el punto de excluir otras expresiones de amor marital, así como otras relaciones importantes e íntimas que una persona podría tener dentro de la familia, la Iglesia y la sociedad. Cuando la dimensión erótica domina un matrimonio, los hijos se podrían ver como una amenaza al amor marital, en lugar de ser su don más precioso. Las parejas pueden temer la responsabilidad de la paternidad e innecesariamente se privan de las gracias, bendiciones y dignidad que padres y madres disfrutan. A menos que esté guiado por las necesidades de la vida matrimonial y familiar, el amor erótico puede crear egoísmo en la persona y confundir la perspectiva de donde se ven todas las demás relaciones. La persona humana es capaz de muchos tipos de relaciones y amistades que no están directamente relacionados con lo erótico: nuestra relación con nuestros padres, con nuestros hijos, nuestros amigos, con nuestros hermanastros, con los miembros de nuestra Iglesia y con el mundo en general. Una persona absorbida por lo erótico puede estar ciega al gran valor de muchas o todas estas relaciones.

La ausencia de los padres

Ahora quiero poner la atención en un problema de nuestra sociedad contemporánea que es particularmente problemático: la ausencia del padre para sus hijos. En los últimos treinta años el número de niños viviendo alejados de sus padres biológicos se ha doblado. Si la actual tendencia continúa, para el año 2000, casi la mitad de niños norteamericanos se criarán en un hogar sin su padre. Algunos ahora se preguntan si es que el padre es necesario o incluso deseable para criar a los hijos. A pesar de las convicciones de algunos de que el papel del padre ausente puede ser asumida por la madre, o por otras influencias masculinas, el efecto de no tener un padre para los niños es profundamente alarmante. Un hogar sin un padre ha mostrado ser más vulnerable a la violencia, y niños sin su padre están mucho más aptos a experimentar más frecuentemente abusos físicos y sexuales, pobreza, desempeño académico pobre, delincuencia juvenil, promiscuidad y embarazo o futuro divorcio.7 Por supuesto, no debemos pasar por alto los muchos desarrollos positivos en nuestra cultura con respecto a las responsabilidades del hombre. Hoy en día los hombres tienen una mayor conciencia de los dones característicos de las mujeres, reconociendo que nuestra cultura no siempre ha tratado justamente a las mujeres. Juan Pablo II señala que la dominación de la mujer por el hombre es una ofensa contra la dignidad de ambos8. Muchos hombres, resistiendo a presiones culturales, han dado ejemplos excelentes de devoción a sus familias y al bien de la sociedad. Más hombres reconocen estos problemas y están dispuestos a aceptar su propia responsabilidad por ellos. En toda la nación varios grupos de hombres, a menudo en el contexto de una fe compartida, se están agrupando para hacer una diferencia a ellos mismos, a sus familias, y a la sociedad.

El misterio de la diferencia sexual

Una vez más, no podemos dejar que nuestro enfoque nos haga perder de vista el hecho de que éstos aspectos afectan a toda la familia humana, mujeres y hombres por igual. Podemos distorsionar el misterio de sexualidad de dos maneras: el reduccionismo, que considera las diferencias entre el hombre y la mujer como algo puramente coyuntural o cultural; y suposiciones simplistas fundamentadas en la características debilidades de ambos sexos. Estas dos aproximaciones dejan de lado la mutua complementariedad de hombres y mujeres. Cuando la igualdad entre hombres y mujeres es malentendida como que son esencialmente lo mismo o intercambiables, violamos el sentido común. Negamos el misterio de la diferencia sexual.Lo que a mi me concierne es que, como una cultura, estamos politizando una realidad que es al mismo tiempo espléndida y compleja. Ya no se entienden más las diferencias entre el hombre y la mujer como algo positivo y que deba celebrarse. La identidad sexual no puede ser simplemente relegada a las demandas de una ideología política. Las diferencias sexuales son reales; y son más que simplemente físicas o espirituales. Están fundamentadas en los orígenes de la persona humana, pues «…hombre y mujer los creó.»La familia, la Iglesia y la sociedad funcionan mejor cuando los roles de ambos hombres y mujeres son celebrados. Sin embargo, creo que muchas veces hemos fallado en llamar al hombre a que tome toda su responsabilidad en ellos. Este fracaso ha contribuido al estereotipo de que solo las mujeres pueden apreciar la dignidad de la vida humana y el culto a Dios. Los hombres pueden estar tentados en pensar que de alguna manera están excusados de sus responsabilidades como discípulos al servicio de la familia y del resto de la Iglesia.Quizás la frialdad que muchos hombres contemporáneos muestran hacia sus responsabilidades religiosas es una clave para entender su fracaso al vivir una vida virtuosa como lo requiere las exigencias del discipulado y la paternidad. Los hombres deben ser evangelizados para que asuman su dignidad como hijos de Dios, hermanos de Cristo, esposos fieles de sus esposas, y padres comprometidos de sus hijos. Sin esta dignidad, el hombre se vuelve estéril, maldispuesto, o incluso incapaz de asumir las dignidades de una paternidad espiritual al servicio de la comunidad humana.10 A pesar de las diferentes explicaciones, muchos hombres parecen haber perdido, de varias formas, sus ideales y coraje. Ciertamente los hombres tienen muchos miedos que enfrentar. Tenemos miedo de dar nuestra palabra o de comprometernos o de hacer y mantener compromisos. Tenemos miedo al amor y a los sacrificios que implica. También tenemos miedo de creer intensamente y proclamar claramente nuestra fe en Cristo y Su Iglesia. Infelizmente, incluso entre algunos sacerdotes y religiosos de la Iglesia, hemos testimoniado la mala disposición de hombres para guardar su promesa solemne a Dios y Su pueblo fiel. Éstos no son tiempos fáciles para nadie, pero son especialmente difíciles para los hombres. Casi es como que algunos pocos esperasen de los hombres de nuestra cultura un liderazgo en la virtud. Debemos recordar el estímulo que nos da Cristo, que nos dijo: «No temáis»11